La nulidad del proceso tras la negativa de un jurado a un veredicto favorable a la acusada de matar a sus tres hijos no implica automáticamente su repetición. Sea cual sea el desenlace, ella seguirá internada
Iker Seisdedos / Elpaís
Del de las brujas de Salem al de los Rosenberg y del de O. J. Simpson al más reciente de los asesinatos de la familia Murdaugh, es posible contar la historia de Estados Unidos también a partir de los juicios que secuestraron la atención de un país obsesionado con la fama y el fracaso, el castigo y las segundas oportunidades.
Este viernes, Plymouth (Massachussets), distinguida localidad a cuyas costas llegaron los peregrinos en 1620 a bordo del Mayflower, un jurado formado por nueve mujeres y tres hombres se declaró incapaz de brindar un desenlace definitivo a uno de esos juicios: el de Lindsay Clancy, la enfermera de 36 años a la que se procesaba por haber estrangulado a sus tres hijos, durante, según la defensa, un episodio de psicosis posparto. En vista de ese bloqueo, el magistrado se vio obligado a declarar la nulidad del proceso, cuyo futuro es incierto: aún no está claro que este vaya a repetirse ni en qué circunstancias.
Retransmitido en directo por las cadenas de televisión por cable, destripado en las redes sociales con el escalpelo de las opiniones contundentes y las conspiranoias, y seguido en todo el mundo, el juicio ha dividido a una sociedad enfrentada a un horror casi imposible de imaginar con el fondo de un debate sobre la maternidad, la salud mental de las mujeres y un sistema sanitario que sabe ser terriblemente inmisericorde.
El viernes, como en el último capítulo de la temporada de una serie que se resiste a terminar, la historia llegó a un clímax que solo es posible reconstruir a partir de algunas certezas y demasiados interrogantes. Uno de los miembros del jurado cuya identidad no ha trascendido, un hombre, eso sí se sabe, se negó a votar junto a los otros 11 para conceder algún grado de absolución a Clancy, aunque tampoco está claro cuál. Fue un punto y aparte, pero también el final a 40 horas de deliberación repartidas en siete días.
La acusada se enfrentaba a cinco veredictos posibles: tres de culpabilidad (asesinato en primer grado, en segundo u homicidio) y dos de inocencia (en términos generales o por falta de responsabilidad criminal). La lista se puede resumir en realidad en una disyuntiva: o era responsable de sus actos y entonces debe pasar el resto de sus días en la cárcel o la enfermedad mental alegada la exonera, en cuyo caso debe ingresar en un hospital psiquiátrico similar al que ahora la acoge. Lo único claro a estas alturas es que, sea cual sea el desenlace, Clancy no quedará en libertad por muchos meses, tal vez años.

Esta ha admitido en todo momento que el 24 de enero de 2023 mató a Cora, de cinco años, Dawson, de tres, y Callan, de ocho meses. Había mandado a hacer un recado a Patrick Clancy, su marido, que ha testificado en el juicio. Lindsay lo hizo tras escuchar, declaró, la voz de un hombre que le impelió a estrangular a sus hijos para, después, suicidarse. Ingirió pastillas para dormir, se cortó las venas y se arrojó desde un segundo piso. No murió, pero quedó postrada en una silla de ruedas. En los meses anteriores había sido examinada por varios psiquiatras, llamó a la línea de atención a personas con pensamientos suicidas y acudió a urgencias.
Este sábado, Patrick Clancy emitió un comunicado en el que, al definir la perspectiva de la repetición del juicio como “extraordinariamente dolorosa” pareció tomar partido frente a los que, como el presidente Donald Trump, que horas antes había hablado del tema en la Casa Blanca, esperan que la acusada se vuelva a sentar en el banquillo. El viernes, a la puerta del tribunal, el fiscal del distrito de Plymouth, Timothy Cruz, se negó a responder a la nube de periodistas si había decidido volver a presentar cargos o si, como le permite la ley, alcanzará un acuerdo con la defensa. Cruz insistió también en que lo que los jurados no estaban llamados a deliberar sobre el sistema de salud o “el tratamiento que este dispensa a las mujeres”, sino sobre “el asesinato cruel y calculado de tres inocentes”
La idea de un nuevo juicio se topa, por lo demás, con la dificultad de imaginar la constitución de un otro jurado de 12 hombres y mujeres de Massachussets, limpios de opiniones propias sobre un caso en el que todo parece reducirse a bandos irreconciliables y que se resiste a repartirse en las trincheras ideológicas tradicionales.

Están las mujeres que, vestidas de rosa, se han manifestado en nombre de otras muchas que reclaman mayor atención a los desórdenes de ansiedad de las madres recientes y acusan al sistema de haber fallado a Clancy y a sus hijos. Quienes ven un ser monstruoso cuando miran a la acusada. Los que consideran un héroe al jurado que se negó a alinearse con el resto hasta en tres ocasiones, los que han proferido amenazas de muerte a los fiscales que litigaron el caso y los (las, en su mayoría) que han convertido al abogado defensor, Kevin Reddington, con un largo historial de estrategias victoriosas centradas en la salud mental de las mujeres, en un icono viral por su dedicación a la causa. Y están también quienes han juntado 1,1 millones de dólares en una colecta en internet en favor de la enfermera iniciada tras la declaración de nulidad.
Reddington ha sido el gran protagonista de la recta final del drama en directo del juicio. El jueves, en un poco común enfrentamiento con el juez, trató sin éxito de convencerlo de que apartase al díscolo entre los jurados al considerar que este se estaba “negando a entender” el concepto de “duda razonable” que el magistrado les repitió en dos ocasiones que debían tener en cuenta en su veredicto, obligado a ser unánime.
Según la ley de Massachusetts, si un jurado alberga una de esas dudas razonables, está obligado a exculpar al acusado. El juez William Sullivan, visiblemente incómodo por tener que hacer su trabajo ante una audiencia de millones de personas, no dio la razón a la defensa.

El viernes, Reddington hizo un último intento de recusar al disidente, pero fue, de nuevo, en vano. A la salida del juzgado, le preguntaron si su representada estaba lista para volver a sentarse en el banquillo. Dijo que ella no se encontraba “muy bien”, pero que lo haría llegado el momento. ¿Plantearía él la defensa de un modo diferente? “¿Por qué habría de hacerlo? ¿Gané el caso?“, respondió.
Fue un comentario extraño. En la riada de análisis que inundó en Estados Unidos las tribunas de la prensa y horas de televisión en la noche del viernes, algo parecía unir a quienes pensaban diferente: la argumentación incómoda, el rictus desabrido. La impresión de que este no es un caso cualquiera; que en esta trágica historia de juicios que al país le costará mucho tiempo olvidar, nadie puede salir ganando.








