Se acerca el final de Naciones Unidas
Con la aplicación de un realismo decimonónico, los Estados Unidos preparan las pompas fúnebres de la Organización de las Naciones Unidas. Según Moïsi en su libro La Geopolítica de las Emociones: Cómo las Culturas del Miedo, la Humillación y la Esperanza Están Transformando el Mundo (2009), estas actuaciones parten de una cultura del miedo: miedo a perder influencia, ya sea económica, cultural o militar.
Este miedo de Occidente, en especial de Estados Unidos, de perder su influencia y capacidades es un combustible que alimenta las estrategias actuales; estrategias conservacionistas que amenazan el orden global. Un orden que fue promovido por EE.UU. en su etapa expansionista y que, en gran medida, ha contribuido a crear la sensación de reemplazo, justificando así dichos temores. En ese sentido, vemos acciones concretas: las restricciones a Huawei y TikTok, las sanciones a empresas chinas y leyes como la CHIPS and Science Act son manifestaciones de un miedo profundo a la dependencia tecnológica y a perder la supremacía en sectores críticos (semiconductores, IA, 5G).
El esfuerzo por desacoplar parcialmente las economías y construir cadenas de suministro alternativas (friend-shoring) refleja el miedo a la vulnerabilidad estratégica. La creación y fortalecimiento de alianzas exclusivas en el Indo-Pacífico (Quad, AUKUS) es una respuesta basada en el miedo al avance militar chino, buscando contenerlo mediante una red de socios.
Dentro de EE.UU., vemos cómo las culturas y los miedos se enfrentan, creando una fractura social que se amplifica con el temor a la pérdida de los valores tradicionales y a un declive interno percibido como más peligroso que las amenazas externas. Así, los partidos también se debaten entre el pensamiento dominante de los últimos 30 años —aquel pensamiento expansionista que entiende como mejor estrategia expandir las ideas y formas de Occidente, especialmente de EE.UU.— y el pensamiento conservacionista.
El auge del conservacionismo ha traído consigo medidas cortoplacistas y reactivas que dañan las relaciones con los aliados y han aumentado los costos, tanto externos como internos, debilitando los valores que debería defender (como el libre comercio, los derechos humanos o las alianzas multilaterales) en nombre de la seguridad. Esto ataca una estructura de instituciones internacionales que fueron creadas para el arbitraje y la buena convivencia entre los Estados —con sus fallas, pero también con sus logros—, provocando un retorno hacia una situación ya superada que plantea un tablero mundial de fuertes enfrentamientos de toda índole.








